El dueño del quiosco, que fue golpeado junto con su hijo por 20 miembros de una banda gitana por negarse a sentarse para ser asaltado, declaró que cerraría el quiosco.
En una aparición televisiva, describió la esencia del problema al que se enfrentan él y varios millones de griegos: “El problema es crónico, no vale la pena arriesgar mi vida, la vida de mis hijos, la de mis empleados, no tiene sentido, haré otra cosa”.
La realidad ha demostrado que el gobierno de Mitsotakis, tras sus… grandilocuentes declaraciones sobre la “legalidad en todas partes”, no puede garantizar la seguridad de un quiosco frente a las incursiones de gitanos, a las que deja impunes. Un final tragicómico para una campaña de propaganda sobre la ley y el orden.
Sin embargo, la anarquía que impera entre los romaníes y la sensación que han adquirido de que pueden infringir la ley constituyen situaciones alarmantes que azotan al país desde hace décadas. Los gobiernos, ya sea por conveniencia electoral o por razones ideológicas, están convencidos de que, por muy graves y complejas que sean las actividades delictivas de los gitanos, no se las tratará como a cualquier otro ciudadano. Los romaníes son considerados «vulnerables» (¿en qué sentido, me pregunto?) y, por lo tanto, deben caer en la trampa.
Esta percepción distorsionada y la mala gestión política de los asuntos son una forma extremadamente rápida de destruir la economía y desmantelar el tejido social.
Nadie puede calcular cuántos negocios, pequeños comercios y hogares han cerrado debido a la actividad delictiva, los robos y los ataques homicidas de gitanos, romaníes o como se les llame a estos grupos. Nadie puede compensar a las víctimas por los daños materiales y la carga psicológica que han sufrido sin tener culpa alguna. De este modo, se viola el contrato social y los ciudadanos sienten que este Estado no vale ni un céntimo de los exorbitantes impuestos que pagan.
Finalmente, para aquellos políticos que lo hayan olvidado, recordamos el artículo 5 (párrafo 2) de la Constitución de Grecia, que establece: “Todas las personas que se encuentren en territorio griego gozan de la protección absoluta de su vida, honor y libertad, sin distinción de nacionalidad, raza, idioma ni creencias religiosas o políticas”.
Publicado en el periódico “Demokratia”